“García, de pie, miraba al choborra que su muro
desfachatadamente enchastraba” — Repite el guitarrista a quien los mozos de ese
boliche llaman Cooper. Viste un ajado traje blanco y la voz le sale ronca. Elena,
una mujer caribeña, madura y exuberante echa a reír alegremente.
“García, de
pie, miraba al choborra que su muro…” — Insiste el payador y la antillana lo
interrumpe. “¡Tú no cantas ni comes fruta! Mejor invítame a un mojito o una
jodedera de esas que les gustan a ustedes…”.Cooper se sienta a su lado. Al cabo
de unos segundos se besan en la boca y salen del bar.
En unos minutos llegan a
una habitación cochambrosa donde se desnudan y ambos cuerpos se buscan en la
penumbra. La boca de Elena recorre el enjuto cuerpo del guitarrista y, mientras
le coloca un preservativo, le susurra al oído: “Son dos mil y la cama”.
© Eytán Lasca-Szalit, enero de 2020
© Eytán Lasca-Szalit, enero de 2020
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